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¿A Qué le Tememos?

Sobre ti me contaron que un día,

te fuiste a pasear con los ausentes,

los que se quejan y no buscan despedida

a los problemas y los quehaceres,

los que buscan salir pero con excusas

porque tienen verguenza o le temen

a enfrentarse a su propio deseo

de poder escapar y no más ser rehenes.

¿A qué le tememos?

La realidad no es prisión sino cuando las barras son de metal.

¿A qué le tememos?

A la sed de maldad que se asoma en el cambio cuando percibes

por el ojo que juzga lo nuevo.

¿A qué le tememos?

A lo que viene,

a lo que tal vez ya no llega.

O a lo que llegó,

se fue y no llegamos a alcanzar a su vuelta.

Mejor me quedo en mi pedacito de seguridad,

en el mundo estático y permanente,

en donde mi invisibilidad sea respuesta

a toda pregunta que quiera esquivar.

¿A qué le tememos?

A que en el intento de vivir me pueda equivocar.

Entonces quedarme en esta idea,

en lo sano de una cueva sin luz,

en lo futil de la materia,

sin salir,

sin andar,

sin pisar otras orillas,

en el temor de los inocentes, los ingenuos y los faltos en experiencia.

Aquí,

donde temo pasarme la vida en vano.

Días perfectos, sin errores, intangibles, imposibles
se revuelcan en una masa imperfecta.
Por la ladera y en cordilleras,
bajando pronto hasta el riachuelo,
luego la masa se abrió como en flor
al toparse con una piedra.
Piedra de ilusión.
Entonces todo fue sueño
y fue perfección.
Con la condición de no abrir los ojos.

Descanso en el pasto verde. Una amiga a mi lado dice: “¿Recuerdas los días por los que sentimos nostalgia, aquellos tiempos que nunca ocurrieron, todo lo bello que no era el pasado, todas las batallas por cuestiones humanitarias que nunca se lucharon? ¿Recuerdas?” La miro, le sonrío. Recuerdo aquello que tanto anhelamos como si hubiese existido.

Nos quedamos confundidas un rato, queriendo ver si en el futuro las luchas sociales resucitarían. Nos quedamos mirando al ocaso, dándonos cuenta de que nunca habían florecido como hubiésemos querido. La tierra que ya no andamos y vemos de lejos no estaba llena de símbolos de paz y la equidad no abundaba, como lo habían prometido, los libros de historia de obras exaltadas, que unos cuantos visionarios habían escrito. No fueron pruebas fehacientes sino tributos a la esperanza, una imaginación que se empinaba a alcanzar la libertad. Un canto pacífico de ilimitaciones evolucionarias se confunden hoy con los que quisiéramos fueran hechos ocurridos sólo para saber que el sueño puede ser real…

Que llegará el día en que (recuerdas?) todo era mejor y será mejor…

¿Recuerdas, amiga mía?

Pasos perdidos

ya en el ocaso sin amigos

y mirando la vida pasar a través de la ventana.

Sueños dormidos

que quedaron olvidados

o que tal vez en sus ojos

nunca pudieron pasar.

La realidad para ti siempre fue una excusa,

nacimiento de una broma,

fuente de humor.

Hoy es…

y no es ya nada.

Es como si te hubieras ido,

y te hubieras extinguido

sin darle al destino

ninguna explicación

ni fecha señalada

para llevarse lo que de ti queda.

Qué pena verte

y sentir en el alma mi futura decadencia.

Qué pena verte y sentir..

sentir que ya te fuiste.

Qué pena no verte…

y si te vuelvo a ver

ya te has perdido.

El cielo espera,

y no es precisamente la frase de esperanza eterna.

Esta es la plegaria a la resignación de los suspiros,

una oración a la extinción.

Mitos

Tú me das luz que no quema porque no existe.

Es lo bueno de soñar con cosas imposibles.

Y soñar el amor que nunca pasará entre tus costillas

te llevará al día de no sentir jamás dolor,

dolor real, de ese que te dejan los amores que te dejan…

los amores que se van,

de esos que de verdad te pegan por el recuerdo existente.

Ustedes, amores incompletos,

de esos que viven en sueño y son de pura fantasía

han de mirarme sin saber lo que me hacen,

lo que hacen temblar en mí.

Yo sonreiré con gracia…

no sabes todo lo que en sueños tú sientes por mí,

todo lo que has hecho conmigo.

Y río…

río de tu inocencia

y tu existencia en mi boca se vuelve sutil,

imperecedera y transparente.

¿Para qué arriesgar al desmayar un corazón a tus pies

(el único que tengo)

cuando entre sueños te puedo tener

tal como yo quiero…

a ti y a unos besos más,

quizá de otro cuerpo?

¿Para qué arriesgar

la poca alma que me queda

si en el sueño

todo es infinito

hasta la posibilidad de tenerte,

y de detenerte mucho antes

de que me escurras en un precipicio?

No hay tinieblas en el horizonte

de un mundo onírico.

Sin más que la Luna

Las horas cuentan su propio descenso,

hasta la mañana, cuando la piel

deja de aguardar el calor inmenso

de entretejerse en el placer

de las piernas de un nuevo verso

Y otra noche culmina

sin más que la luna

de compañía

para aguardar el sol.

 

Viento.

Las dos puntas de mis zapatos tocan otras dos. Si subes la mirada encuentas mi mano derecha envuelta en una mano izquierda que no es mía. Y si enfocas tus ojos y te acercas, ves una energía creciente entre nuestros dedos. En su mano, un avión de papel donde fueron a volar nuestros sueños. “¿A dónde fue a parar?”, le pregunté al viento después de soltarlo. Sopló al callarme. Y yo sólo quería preguntar

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