Sobre ti me contaron que un día,
te fuiste a pasear con los ausentes,
los que se quejan y no buscan despedida
a los problemas y los quehaceres,
los que buscan salir pero con excusas
porque tienen verguenza o le temen
a enfrentarse a su propio deseo
de poder escapar y no más ser rehenes.
¿A qué le tememos?
La realidad no es prisión sino cuando las barras son de metal.
¿A qué le tememos?
A la sed de maldad que se asoma en el cambio cuando percibes
por el ojo que juzga lo nuevo.
¿A qué le tememos?
A lo que viene,
a lo que tal vez ya no llega.
O a lo que llegó,
se fue y no llegamos a alcanzar a su vuelta.
Mejor me quedo en mi pedacito de seguridad,
en el mundo estático y permanente,
en donde mi invisibilidad sea respuesta
a toda pregunta que quiera esquivar.
¿A qué le tememos?
A que en el intento de vivir me pueda equivocar.
Entonces quedarme en esta idea,
en lo sano de una cueva sin luz,
en lo futil de la materia,
sin salir,
sin andar,
sin pisar otras orillas,
en el temor de los inocentes, los ingenuos y los faltos en experiencia.
Aquí,
donde temo pasarme la vida en vano.
