Hay momentos–por lo general nocturnos–en que la emoción se me escapa de las manos. Entonces, tengo dos opciones: gritar, o escribir. Por lo general recurro a la última, pues siendo estos momentos por lo general nocturnos, gritar sería desconsiderado para con los vecinos. Entonces escribo como si las yemas de los dedos pensaran por sí solas, como si en ellas explotara la sensación de vivir, o sentir. Escribo y lloro un poco, y a veces escribo cosas malas, pero honestas… honestas en el momento en que las escribo. Después de la catarsis y el desahogo emocional, que duran a veces segundos y a veces horas, la emoción se va poco a poco, se duerme, descansa hasta la noche siguiente. Al parecer, guardo un reloj en el alma con alarma. Llegan las diez y es hora de no poder más y dejarme perder entre las letras y dejar que se pierda la ansiedad. Eso es lo único que me altera los nervios. Los sentimientos se pueden manejar, pero la ansiedad… La ansiedad es lo que hace que uno se quiera deshacer de esos sentimientos para que no duelan más. Escribir desteje los sueños, los dolores, y llorar los libera. Al final del proceso, todo está dormido, los sueños, la noche, y las ganas de querer arrancar la sensación. Entonces duermo casi en paz.
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