Hoy amenacé a mi vida con romper su continuidad…
y supo responderme en su ironía particular.
Dejó en la entrada de mi puerta un paquete
bellamente envuelto en un enigma espiral.
“¿Qué será?” repetí continuamente,
mientras habría las cajitas cautelosamente colocadas
para acomodarse entre las barreras
del regalo de la verdad.
De la primera salió un bufón,
que me sacó una risa
e instantáneamente
quebró el rumbo de mi emoción.
De la segunda un aventurero
con uniforme y desarmador,
y de cuyo bigote salió
una amena conversación.
De la tercera saqué a una amiga,
que además de sacar risas
y de amenizar el diálogo
también cura las heridas,
una buena compañía.
De la cuarta, y última, saqué a dos viejos
inclinados hacia mí desde que me parieron
viéndome quizá con lo mismos ojos
que ya se arrugaron un poco más.
Yo daría la vida por ellos.
Y cierro la caja a pesar de que aún hay más por ver en el paquete,
y hago las paces con la rutina,
que aburre pero no agobia.
La vida se ríe de mí y yo me río con ella,
cuenta” te dejo este presente
para que la próxima vez no me quieras enterrar”
y mi amenaza se reconsidera y claudica,
yo miro entre las cajas de nuevo,
“No me has dado nada nuevo”
Me responde fielmente,
“¿Es que acaso necesitabas algo más?”
El regalo mejor es un reflejo del presente,
de lo que ciegamente se nos pierde
al querer poseer tanto más.
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