No deciden ir mis dedos a las teclas,
rozarlas y empujarlas hasta verse en la pantalla
letras negras en una superficie blanca.
Esta noche, no me hace falta escribir,
ni tampoco quiero y me pregunto
si esta es el ritual del escritor adicto,
que necesita dejarse ir por un momento
para poder conciliar el sueño
desmayando a las pesadillas.
Esta noche, los monstruos no han vuelto,
ni me esperan en la habitación
con la oscuridad de compañía.
Esta noche, la habitación está vacía,
y tranquilo el estado en el que escribo.
Entonces, ¿Qué esperan mis falanges?
¿Deshacerse del respiro?
No, no me encuentro en desbalance,
no es esa la sensación
de necesidad que ansío.
Es pura adicción,
escribir con la luna,
aunque no salga,
cuando ya se apaga el sol,
y no tarda la mañana.