Es tarde y los párpados pesan. Javier ha abierto los ojos de nuevo, luego de un corto sueño. Sólo necesita un par de segundos para recargar su energía. Al menos eso es lo que piensa. En verdad su cansancio no es algo que se cure al dormir. Lo que cansa, dice él, es la fuerza que tira en contra del futuro, y esa tensión es la que produce los dolores de cabeza. Últimamente, camina por las calles con la mirada fija al suelo, y cuando no lo hace, fija las pupilas en las nubes rogando que caiga en una gota una explicación. No hay exigencias ya al destino, tampoco preguntas… sólo una pequeña duda que ojalá se pudiera aclarar con un poco de lluvia. Tal vez no. Bueno, no importa.
Javier mira las calles, mira las cinturas pequeñas, los glúteos de alguna mujer que pasa en frente de él. Nada le apetece… nada. Y esa llama constante que él creyó incandescente, esa llama dentro de mí que bebía de tu fuego, esa llama te la llevaste. Javier, se esconde de nuevo en su pensamiento. El apetito del cuerpo se fue contigo. Javier no para de pensar mientras ve las piernas robustas de una muchacha y se pregunta porque no corre tras de ellas.
Sobre su piedra, solo está. Mientras no venga nadie, que nadie me vea, por un segundo puedo llorar. Derrama una lágrima cristalina, pura e intensa como el amor que se le murió. Toma una rosa del jardín y colorea sus pétalos con la tinta de su llanto. La lleva a sus labios. Si fuera su boca, tal vez su hombro para sentir su calor, ¿a dónde te fuiste?, ser imaginario que nunca existió, sólo tu perfume puede despertar de mi cansancio mi verdadero ser.
Javier se marcha con su flor, bajo el calor de la noche de verano. Empapado por una lluvia que del cielo acaba de brotar.
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