Tag Archive: cuentos cortos


Descanso en el pasto verde. Una amiga a mi lado dice: “¿Recuerdas los días por los que sentimos nostalgia, aquellos tiempos que nunca ocurrieron, todo lo bello que no era el pasado, todas las batallas por cuestiones humanitarias que nunca se lucharon? ¿Recuerdas?” La miro, le sonrío. Recuerdo aquello que tanto anhelamos como si hubiese existido.

Nos quedamos confundidas un rato, queriendo ver si en el futuro las luchas sociales resucitarían. Nos quedamos mirando al ocaso, dándonos cuenta de que nunca habían florecido como hubiésemos querido. La tierra que ya no andamos y vemos de lejos no estaba llena de símbolos de paz y la equidad no abundaba, como lo habían prometido, los libros de historia de obras exaltadas, que unos cuantos visionarios habían escrito. No fueron pruebas fehacientes sino tributos a la esperanza, una imaginación que se empinaba a alcanzar la libertad. Un canto pacífico de ilimitaciones evolucionarias se confunden hoy con los que quisiéramos fueran hechos ocurridos sólo para saber que el sueño puede ser real…

Que llegará el día en que (recuerdas?) todo era mejor y será mejor…

¿Recuerdas, amiga mía?

Un día del cielo cayeron cintas adhesivas de colores que pintaron fronteras y colores de banderas. Dios dijo entonces: “Santos Cielos, ¿qué he hecho?” y el ángel rojo le suplicó no deshacer su equivocación y al final lo convenció. Entonces, el ángel rojo tomó una pluma y lápices de colores para diferenciar los trocitos de tierra que antes era sólo una. Con el dedo pulgar separó la pangea y en un volcán invisible volcó toda su erupción de miseria, cuya lava no salpicó a todo el mundo. Hizo llover también poder en zonas donde las nubes o banderas cubrían la visión misericordiosa de la gente. Y para cerrar su ritual de destrucción puso un anuncio gigante de For Sale, se vende todo y por todo él cobra comisión. Dios, al despertar, miró lo que había hecho y se lamentó. “¿Cómo pudiste hacer esto?”, “Tú me creaste, no fui yo.”

El Paseo de la Libélula

Al costado de mi sien derecha, una libélula color de hoja de otoño va zumbándome una historia.

Los campos verdes se abren con el recorrido de mis llantas que se están acostumbrando a la falta de asfalto.

Detengo el carro en medio de la colina, le suelto el freno y lo dejo ir.

La libélula escapó junto conmigo y me sigue zumbando la misma historia.

Le digo que se calle y no me hace caso. Le digo que al menos se detenga un tiempo a aprender otros cuentos y luego venga a visitar.

 Pero de tanto zumbar, la libélula no escucha. Mi mano se eleva a la altura exacta en donde el pensamiento se genera y a la misma velocidad recorre el espacio entre su palma y mi cabeza.

Entre mis dedos, la libélula se siente aplastada. Poco a poco lucha por zumbar más. Pero al primer intento, le robé las alas.

En la colina no hay nada, sólo el silencio de la libélula y el sonido de la ausencia, y ya sin ella, un poco de paz.

8:41 p.m.

15-2-2008

La Protesta Coloquial

Salieron las señoras de la esquina, las chismosas, las que ventilan su casa por la ventana y de paso, tu vida. Salieron de su casa a resonar con su voz, el rugido de sus caceloras. “Estamos demandando”, dijeron, “un poco de arroz para los niños”, como quien pide una limosna de su propio bolsillo. Salió la tía Irene porque el marido se le murió, o eso dice ella para evitar decir que se fugó, de todos modos, lo da por muerto, y  como así lo trata, eso es lo que importa. Y lo que importa también es que se largó llevándose toda la plata que guardaba bajo del cojín del sillón. Salió la tía Azucena que obscenamente gritaba a cualquiera que se podía meter sus políticas por donde no les dé el sol. “¡Yo lo que quiero es comer, porque tengo hambre, señor!” Y el señor le dijo, antes de correrla, que eso no podía ser porque la estabilidad del mercado alimenticio, dependía de su mano de obra barata. “¡Usted come de mi miseria!” ” No. Nos comen a todos, Azucena, a todos los que no hacemos las reglas.”

Antes del Desayuno

Pedacitos incompletos de historias inconclusas forman la imagen de Julián cuando se mira al espejo. Se arregla la corbata, piensa en Valeria y se abotona el botón en la manga izquierda de la camisa. Listo para trabajar pero no para seguir viviendo. Su esposa, Clara,  lo mira haciéndose la dormida entre las cubiertas marrones de su cama. Julián sabe que ella está despierta. Decirte que estás despierta sería como burlarse de tus ganas de no estarlo, ni de volver a estarlo jamás. Clara también piensa en Valeria, en el tiempo que estuvo presente en la vida de los dos, en la forma en como Julián la esperaba, y en el amor que él sentía por ella. Me hubiera gustado verlos juntos, me hubiera gustado verla. Clara deja de ver la imágen de Julián en el espejo y se voltea entre sus sábana para encontrarse mirando ahora a la cuna de Valeria… y es inútil, las dos imágenes guardan su recuerdo. Julián se inclina sobre su cama y besa los cabellos de su esposa. Chau, amor. Clara continúa su silencio habitual. Empiezo a olvidar tu voz. Clara no dice nada. Su esposo toca sus hombros. Otra vez, no. La cuna blanca entra en el reflejo de una lágrima. Julián se aleja de sus sábanas y sale de la habitación. Chau, Julián… pero no te escuchó.

Experimental/ La Historia de Marcos

Marcos, la calle no te alimenta pero tienes que seguir trabajando. Hay que pagar los gastos, la comida de tu hermana que sufre de algo que hasta ahora no entiendes por más que el médico te lo explica. Ay, Marcos! Qué jodida la vida, no?

Viene un tren, un señor de oficina que mira su reloj y se sube sin mirarte. Recita tu letanía; la ruta, las paradas del bus que se ha llevado tu vida y a la vez es lo único para lo que te alcanzan las aspiraciones y tu realismo. Una vez más, quizá alguien suba de nuevo. Nadie va a subir, Marcos, no seas huevón… acá no hay ni mierda de gente.

Te sigue llevando un animal metálico como hace un año. Hace un año alucinabas ser aquél tren que te pasó por encima, el que se subió hace un minuto, o uno parecido, total todos parecen lo mismo. Marcos mira al hombre vestido como para reunión a las 10 y hablando en su celular mucho más moderno que el tuyo, ingenuamente de la forma más pública y estúpida en que alguien en estas zonas de la ciudad podría hablar. Hace un año se subió quizá él, quizá otro, pero daba lo mismo. Escuchaste de pronto que la compañía de buses era el lugar donde trabajaba y no supiste si odiarlo o agradecerle. No supiste si morder la mano que te da de comer… y a la vez te retuerce pero bueno, eso nada tiene que ver. Para ser un escolar, nada mal era tu chamba. No lo odiaste ni le agradeciste, y él tampoco te vió pasar por su costado, ni cuando le cobraste.

Y cuando colgó viste como miraba las calles grises, la basura tirada y dentro de su saco podías sentir la fuerza ahogada y reprimida del grito que se asomaba en sus ojos. Comprendiste, Marcos, que él también no sabía si odiar o si morder a la voz con la que había hablado. Esto es una cadena de supervivencia, Marcos, no eres especial.

Entonces, Marcos, se sintió menos solo. Desde hace un año sigue trepando a la misma bala metálica que recorre la ciudad y ve la misma sensación del hombre-tren, el mismo grito asomando en la pupila de la señora, las mismas ganas de querer romper el canasto del mandado de la muchacha con uniforme. Marcos trepa a su bus desauciado y sabe que lo único que prende esta locomotora es la sangre hirviente de sus tripulantes, el grito silente de los que no muerden a sus amos.

Corre.

Latidos extremos rugiendo a unos centimetros bajo mi rostro. Mis pasos ya siguen corriendo entre el bosque de arena, jardín arenoso. La niebla, el pasto, las aves de muertos. Le temo a la sombra que canta melancolía constante, pasados diabólicos y espejismos circunstanciales. Por 200 días, fui presa gravitacional de su esencia magnética. Hoy le rompí los esquemas, sus reglas del juego, del universo creado en su maldad. Me fui. Le dejé las cadenas en el piso, vacías de mí. Lo que le queda, el recuerdo, ni siquiera es lo que fui ni lo que soy. Las horas que pasaron entre las dos fueron las del cristal distorsionado. No te creo. Me fui.  Llevo horas huyendo. Esta vez no quiero volver a ti.

Una mujer sentada en la banca blanca, buscando inspiración a la altura del horizonte. La mujer regresa en sí y en el papel no existe nada. Porque es un círculo vicioso, esto de escribir poemas de uno. Porque resulta que ve al mundo, sólo para verse. Su imaginación es infinita, pero ella no lo es tanto. Y si todo regresa a ella,  la nada resulta de un círculo vicioso donde ella no puede encontrar más de sí para contar. Encerrándose en su imagen, la pluma derrama tintas blancas, y lo infinito es la inexistencia.

Conversación con Mauro

Y si el campo de visión de Mauro apretara las imágenes de arriba y abajo hasta el centro de su pupila, y si tal vez en su retina creciera una especie de arma punzante razgando su idea de realidad, si Mauro tuviera en los dedos la fuerza necesaria para mover energía y transformar la visión y la percepción de su nervio ocular, si todo esto pasara, o solo una de estas cosas, tal vez Mauro aprendería a abrir los ojos, sin miedo a quedar ciego de por vida. Quizá la posibilidad de ver algún día sea mejor que la certeza de saber que nunca verá, quizá en la incertdumbre se viva mejor. Mauro sugiere que esto no es vida. Tampoco poder ver, Mauro, la realidad no libera, eso es mentira. La realidad sofoca y lo único que hace por ti es ser lo que es. Mauro llora por la mentira que le hicieron creer, “la verdad” dice” la verdad no me hará libre”. Su cabeza descansa bajo mi mano, dejo correr mis dedos por sus mejillas. “Mauro, ya deja de ser tan estúpido, si?”

Prohibido Olvidar.

Halas la punta del ventrículo derecho,

con la otra mano, la del lado contiguo.

Retuerces….

tal como yo cuando entré en tu pecho.

No debería llamarte por tu nombre,

eres sombra, eres recuerdo.

No hay fuerza humana que siga rompiéndome en pedazos,

sólo una sombra que se escurre continuamente.

Al otro lado, tan lejos,

el corazón de un hombre late,

yo no lo esucho

y me aterra que vibre otro en su mente.

El miedo es incendio huracanado

llevándose gotas al parpadear.

Viento.

Las dos puntas de mis zapatos tocan otras dos. Si subes la mirada encuentas mi mano derecha envuelta en una mano izquierda que no es mía. Y si enfocas tus ojos y te acercas, ves una energía creciente entre nuestros dedos. En su mano, un avión de papel donde fueron a volar nuestros sueños. “¿A dónde fue a parar?”, le pregunté al viento después de soltarlo. Sopló al callarme. Y yo sólo quería preguntar

Tomás

Tomás vuelve a pensar en ti. Un segundo más a la cuenta del tiempo invertido, perdido, en tu visión. El pasto aún guarda la humedad del sistema de irrigación, o tal vez llovió la noche anterior. ¿Qué importa la causa? El efecto es el mismo. La tierra huele a los días en que, bajo la lluvia, jugaba a besarte. Tomás, confunde la humedad del clima con la que emanan sus pupilas. El mundo y su laberinto de vida es confuso. 

Con cuidado, busca donde descansar. Con cuidado, para no dejar caer su peso encima del lugar donde arrancó una rosa. Una rosa para ti, hoy seca, ¿la habrás quemado ya? Para él no fue tan fácil deshacerse de todo lo que le recordaba a ti. Aunque alguna vez pensó en desgarrarse la piel poco a poco. Tú sabías que él no lo haría. Por eso te largaste sin mirar atrás… fue por eso, ¿Verdad? En la humedad de la tierra Tomás percibe que la respuesta ya no importa. El efecto es el mismo.

¿Puedes oír las gotas resbalándose las unas sobre las otras? ¿Puedes oír la vida fluir? Soy líquido, igual que Tomás. El cielo es una especie de tormenta aplacada, una especie de mar oxigenado, gaseoso. Una nube lleva tu nombre. Tomás lo grita, para sacarlo de adentro y en la punta de la lengua decide conservar su sensación.  Nunca ha sentido tanta verguenza, nunca amar significó la derrota de su intelecto. Amar u olvidar que se ama, que es lo mismo. Para Tomás todo es efímero; él no es inovidable, literalemente hablando.

Descansando sobre la tierra, Tomás comienza a desvanecerse. Se imagina desnudo y luego desligándose del cuerpo, de las ganas y el deseo de verlo envejecer. Tomás ha aprendido a esquivar su pensamiento, a borrarse con el viento. Desapareciendo. Quedan dos rosas infinitas en el espacio vacío que ocupaban sus órganos internos, a la altura de lo que alguna vez fue su pecho. Esas también son de mentira. Todo se desintegra.

Pensando en Santiago.

Desde el ayer, Santiago la lleva a pasear por los besos compartidos. Una vez estuve cerca, tan cerca a tu alma que hasta tu cuerpo lo pudo sentir. Desde el ayer, Santiago contempla la vacilación en la mirada de Paula. Cierra los ojos. Ella lucha  por no dejarse vencer. Santiago cose recuerdos a los párpados de Paula, hala con fuerza, susurra un suspiro por su garganta, y con sudor quema sus ojos. Paula derrama el sudor de Santiago. Sólo un poco pues Santiago ya se ha vuelto pequeño, una especie en extinción dejando sólo su rastro. Santiago, tienes que irte. Y Santiago le abrazó el alma. Lo sé, pero no puedo.

Camila Despierta

Camila despierta. No comprende la mañana, ni sus rayos de sol. ¿Qué más da? Hay que levantarse de la cama. Y de pronto, cual goma al papel, Camila se encuentra pegada a las sábanas y las sábanas a la cama y la cama al piso y así sucesivamente hasta la última capa del centro de la tierra. Camila dejó de hablar hace mucho. Su cama se encuentra justo en el centro del pabellón. Cuando llegó aquí dijo que no estaba loca, como todos los que aquí llegan. Pero lo estaba. Guarda una foto debajo del colchón. Algunos dicen que es la imagen de su hijo muerto. Otros dicen que más bien es la imagen de alguno de sus antiguos esposos, o su antiguo padre. Antiguos, los que se largaron o los que se cansaron, los que se rindieron también, los que la mataron. Nadie conoce su verdad. Sólo de ella se conoce su ritual. La observo junto a los otros sacar su foto del colchón. Le llora, le da un beso, la pone casi al fuego, le grita y la vuelve a guardar. Cada vez que ella llora es como por fin conectarse con el mundo verdadero. Camila no está tan loca como antes, o al menos parece estar más viva.

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