El Paseo de la Libélula

16 02 2008

Al costado de mi sien derecha, una libélula color de hoja de otoño va zumbándome una historia.

Los campos verdes se abren con el recorrido de mis llantas que se están acostumbrando a la falta de asfalto.

Detengo el carro en medio de la colina, le suelto el freno y lo dejo ir.

La libélula escapó junto conmigo y me sigue zumbando la misma historia.

Le digo que se calle y no me hace caso. Le digo que al menos se detenga un tiempo a aprender otros cuentos y luego venga a visitar.

 Pero de tanto zumbar, la libélula no escucha. Mi mano se eleva a la altura exacta en donde el pensamiento se genera y a la misma velocidad recorre el espacio entre su palma y mi cabeza.

Entre mis dedos, la libélula se siente aplastada. Poco a poco lucha por zumbar más. Pero al primer intento, le robé las alas.

En la colina no hay nada, sólo el silencio de la libélula y el sonido de la ausencia, y ya sin ella, un poco de paz.

8:41 p.m.

15-2-2008





Experimental/ La Historia de Marcos

22 01 2008

Marcos, la calle no te alimenta pero tienes que seguir trabajando. Hay que pagar los gastos, la comida de tu hermana que sufre de algo que hasta ahora no entiendes por más que el médico te lo explica. Ay, Marcos! Qué jodida la vida, no?

Viene un tren, un señor de oficina que mira su reloj y se sube sin mirarte. Recita tu letanía; la ruta, las paradas del bus que se ha llevado tu vida y a la vez es lo único para lo que te alcanzan las aspiraciones y tu realismo. Una vez más, quizá alguien suba de nuevo. Nadie va a subir, Marcos, no seas huevón… acá no hay ni mierda de gente.

Te sigue llevando un animal metálico como hace un año. Hace un año alucinabas ser aquél tren que te pasó por encima, el que se subió hace un minuto, o uno parecido, total todos parecen lo mismo. Marcos mira al hombre vestido como para reunión a las 10 y hablando en su celular mucho más moderno que el tuyo, ingenuamente de la forma más pública y estúpida en que alguien en estas zonas de la ciudad podría hablar. Hace un año se subió quizá él, quizá otro, pero daba lo mismo. Escuchaste de pronto que la compañía de buses era el lugar donde trabajaba y no supiste si odiarlo o agradecerle. No supiste si morder la mano que te da de comer… y a la vez te retuerce pero bueno, eso nada tiene que ver. Para ser un escolar, nada mal era tu chamba. No lo odiaste ni le agradeciste, y él tampoco te vió pasar por su costado, ni cuando le cobraste.

Y cuando colgó viste como miraba las calles grises, la basura tirada y dentro de su saco podías sentir la fuerza ahogada y reprimida del grito que se asomaba en sus ojos. Comprendiste, Marcos, que él también no sabía si odiar o si morder a la voz con la que había hablado. Esto es una cadena de supervivencia, Marcos, no eres especial.

Entonces, Marcos, se sintió menos solo. Desde hace un año sigue trepando a la misma bala metálica que recorre la ciudad y ve la misma sensación del hombre-tren, el mismo grito asomando en la pupila de la señora, las mismas ganas de querer romper el canasto del mandado de la muchacha con uniforme. Marcos trepa a su bus desauciado y sabe que lo único que prende esta locomotora es la sangre hirviente de sus tripulantes, el grito silente de los que no muerden a sus amos.





Corre.

22 01 2008

Latidos extremos rugiendo a unos centimetros bajo mi rostro. Mis pasos ya siguen corriendo entre el bosque de arena, jardín arenoso. La niebla, el pasto, las aves de muertos. Le temo a la sombra que canta melancolía constante, pasados diabólicos y espejismos circunstanciales. Por 200 días, fui presa gravitacional de su esencia magnética. Hoy le rompí los esquemas, sus reglas del juego, del universo creado en su maldad. Me fui. Le dejé las cadenas en el piso, vacías de mí. Lo que le queda, el recuerdo, ni siquiera es lo que fui ni lo que soy. Las horas que pasaron entre las dos fueron las del cristal distorsionado. No te creo. Me fui.  Llevo horas huyendo. Esta vez no quiero volver a ti.





Pensando en Santiago.

10 10 2007

Desde el ayer, Santiago la lleva a pasear por los besos compartidos. Una vez estuve cerca, tan cerca a tu alma que hasta tu cuerpo lo pudo sentir. Desde el ayer, Santiago contempla la vacilación en la mirada de Paula. Cierra los ojos. Ella lucha  por no dejarse vencer. Santiago cose recuerdos a los párpados de Paula, hala con fuerza, susurra un suspiro por su garganta, y con sudor quema sus ojos. Paula derrama el sudor de Santiago. Sólo un poco pues Santiago ya se ha vuelto pequeño, una especie en extinción dejando sólo su rastro. Santiago, tienes que irte. Y Santiago le abrazó el alma. Lo sé, pero no puedo.





Desde la Isla de Lucía.

22 09 2007

Ola tras ola las horas pasaron en los ojos de Lucía. Anidaban un recuerdo en la distancia, muy cerca a la línea del horizonte. Pronto, el cielo de la noche y el mar se unirán de un sólo color. Oscuridad. Eso es lo que pide, para no ver más a la distancia. Para que esa isla desierta que existe muy lejos ya ni se vea, para que se convierta el espejismo que es ese oasis en nada. Lucía tiene los pies envueltos en la arena. Hace tanto que en la orilla se dibuja su perfil en la mañana. Lucía no ha fijado la mirada en algo más que el mar,y la distancia en la que se perdió el barco desatado del muelle. Correr tras de él fue su primer impulso, ahora se ha resignado a que no flote en frente de ella. Oscuridad. Lucía está a punto de recordar por última vez que allá lejos hay una isla desierta, muy lejos de esta que ella habita. El horizonte se ha vuelto imposible de divisar. La isla no está en la distancia, el barco flota sin rumbo. Lucía enfrenta el vacío frente a ella, a la distancia muy lejos de su orilla. En su lienzo totalmente oscuro y blanco, estrellas, Lucía comienza a pintar.





Javier se Marcha con su Flor

20 09 2007

Es tarde y los párpados pesan. Javier ha abierto los ojos de nuevo, luego de un corto sueño. Sólo necesita un par de segundos para recargar su energía. Al menos eso es lo que piensa. En verdad su cansancio no es algo que se cure al dormir. Lo que cansa, dice él, es la fuerza que tira en contra del futuro, y esa tensión es la que produce los dolores de cabeza. Últimamente, camina por las calles con la mirada fija al suelo, y cuando no lo hace, fija las pupilas en las nubes  rogando que caiga en una gota una explicación. No hay exigencias ya al destino, tampoco preguntas… sólo una pequeña duda que ojalá se pudiera aclarar con un poco de lluvia. Tal vez no. Bueno, no importa.

Javier mira las calles, mira las cinturas pequeñas, los glúteos de alguna mujer que pasa en frente de él. Nada le apetece… nada. Y esa llama constante que él creyó incandescente, esa llama dentro de mí que bebía de tu fuego, esa llama te la llevaste. Javier, se esconde de nuevo en su pensamiento. El apetito del cuerpo se fue contigo. Javier no para de pensar mientras ve las piernas robustas de una muchacha y se pregunta porque no corre tras de ellas.

 Sobre su piedra, solo está. Mientras no venga nadie, que nadie me vea, por un segundo puedo llorar. Derrama una lágrima cristalina, pura e intensa como el amor que se le murió. Toma una rosa del jardín y colorea sus pétalos con la tinta de su llanto. La lleva a sus labios. Si fuera su boca, tal vez su hombro para sentir su calor, ¿a dónde te fuiste?, ser imaginario que nunca existió, sólo tu perfume puede despertar de mi cansancio mi verdadero ser.

Javier se marcha con su flor, bajo el calor de la noche de verano. Empapado por una lluvia que del cielo acaba de brotar.