La sombra busca rincones donde esconderse en tu perfil delicado
mientras tus manos apartan en pares las ramas que impiden tu paso.
Sigues caminando al borde del río,
río suave que entre su ruido trae
noticias de ayer.
Te resbalaste en el lodo,
y en la caída encontraste
la riqueza de su textura.
Mientras las gotas caen empañando tu vestido,
que más parece una doble piel de barro.
Y esta piel te incomoda
y decides quitártela,
nadas desnuda por la lluvia.
Tu risa parece hacerte volar.
Hay un extraño en la orilla observando
cada danza que se forma en tu cintura.
Te mira y en una red te atrapa,
se sienta en una banca para verte luchar
en contra de sus fuerzas…
Pero al mirarte te sonríe,
no es que te odie,
es que odia tu libertad,
le intimida tu brisa pura,
tu necesidad de bailar,
la desnudez de tu alma,
es demasiado,
mucho más de lo que puede soportar.
Aún en la red,
te recoge como recién nacido en la placenta.
Camina unos pasos hasta el árbol de la orilla
y en una rama ancha
cabe todo tu cuerpo extendido,
tendido a la lluvia
y a las gotas que de las hojas caen.
“Eres preciosa” te dice,
y se aleja.
Y al terminar de irse se abre la puerta
fuera de red, de tu jaula ahora abierta.
Y en tu voz ligera se pronuncian dos palabras:
“¿Dónde estás?”
Y te das cuenta que la red no fue la trampa
la trampa fue tu danza al atraerlo,
los dos se tejieron redes,
la de él de pescar,
la tuya de ensueño.
La lluvia
aún corre sobre tu piel desnuda,
mientras consideras como opción
jamás bajar de esta rama.
No hay sonrisa que asome en tu rostro,
solo un brillo en tus ojos
de quien no espera nada más.
Tienes este instante,
este instante en tus ojos,
mirándolo al verle pasar,
déjalo ir,
este instante no es tuyo,
es del mundo,
deja vivirlo
al no extirpar de sí toda su magia,
este instante no es tuyo,
es del destino
y es de verdad.
Agua pura del cielo,
cae sobre ti.
Agua pura que te encuentra
sólo a ti,
sólo tú en tu hogar,
sólo tú,
criatura que baila
criatura vestida de azul
criatura
desnuda al volar.
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