Cuando las teclas se me enredan entre los dedos
y la poesía describe el pánico esencial de ebullición en la hoguera
para escribir la unión de alma y materia
en un verso,
uno que otro
o dos
le pido perdón a la sutileza y calma
que desenredan amaneceres en el interior
y me vuelvo poeta de tipo fantasma
y mis sonidos no encuentran clasificación.
Cuando me vuelvo poeta y me entrego al sin fin
de lluvias de letras.
Cuando dejo de ser para ser un poco.
Cuando me dejo ser para dejar de ser.
Y cuando soy yo al final de la muerte.
Cuando he muerto y en palabras vuelvo a nacer.
Entonces soy poeta sin letras ni puntos,
sin gramática correcta,
sin recurso ni noción
del tiempo histórico y de literatura obsoleta.
Sólo me vibran las nociones
del “Yo” y mi olvido del ego perdido,
del latido inexistente,
y me entrego a la historia
transmitida sobre la muerte
a la hilación de cuentos
de mis ancestros literarios.
Un poeta,
un tonto más en el planeta,
un desvariado,
un destructor,
un constructor
de barcos de nieve
y elegantes pecados.
Un poeta,
un definidor
de cometas
sin metas,
sin ser de antaño
negando el hoy.
Un poeta,
una serie de invenciones,
una serie de letras
números en forma
de desterradas historietas.
Poeta…
sin verso final,
sin lazo que entrelazar
a su propia composición.