Noelia extendía la mañana en la hamaca con café en mano y maravillada.
Las rosas blancas del balcón, los grilos del jardín,
aún tan temprano el corazón no podía ni sentir
(aún no había despertado).
La delgada lluvia fue cortina resguardándola del mundo,
cayendo… siempre cayendo.
Sus pupilas se hicieron más grandes cuando una gota batalló contra el asfalto.
Noelia sintió la vibración de sus moléculas reventando,
en la ruptura de la burbuja líquida.
Podía escapar al cerrar los ojos
a los fantásticos días anteriores al verano…
cuando todo era volver a empezar,
cuando todo era sueño a punto de empinar.
Ayer las rosas rojas del balcón habían marchitado…
o quizá amanecieron pintadas de blanco
luego de una noche de agonía.
¿Quién sabe?
Noelia bebe su café…
La hamaca se mece.
El viento roza su bienvenida desesperanza
y el mundo le abre las puertas a un nuevo día.
Noelia sonríe…
con el corazón en llamas,
con su café para encender el fuego matutino.
Decide no despertarlo…
no hoy…
Noelia contempla la maceta más cercana
una que le permita no dejar el soporte de su movimiento pendular.
Empuja la tierra con su dedo.
Siembra su corazón dormido…
Por siglos y siglos.
La lluvia cae. Noelia vive las cosas.
Ya no se pregunta si volverá a germinar.
Noelia divisa el fondo de su copa.
suspira, se pertenece
y se despide de su ritual.