Hace cuatro otoños, cuando nacía el verano en otras tierras,
mi nube se remontaba en conversaciones elevadas
y entre mis libros y mi falta de tartamudear
construía poemas…
De mis cortinas brotaban adjetivos nuevos,
y mis muros literarios ya eran casi de cristal.
Hoy se han vuelto tiernas placas de acero
que una lengua nueva puso en su lugar.
Y aquella nube colgándome del cielo
se deslizó a la tierra
cuando la magnitud del verso se volvió finita,
y mis palabras no la podían más alcanzar.