Creo que llegué a la montaña en alguna otra vida
y junto a los hermanos y hermanas me fui a buscar
al infinito, a la tierra, a una forma de vida
difícil, muy difícil de explicar.
La mañana empieza temprano
cuando vibran las notas de la campana.
Al despertar, decimos:
“hay veinticuatro horas para ser feliz en el día”
y comienzan las tareas rutinarias,
pero despacio,
despacio para sentir cada paso que damos
hasta el salón de la comunidad.
Cruzo mis piernas,
abro mi alma.
Las paredes transparentes dejan pasar
las imágenes de la ladera contigua.
En mi centro siento la brisa,
respirar, exhalar
y en la mente, una nueva energía
que existe aquí y ahora
como ahora existe mi felicidad.
Las comidas son silenciosas,
lentas al masticar
y cada fruto en nuestra boca
es creación universal
para la nutrición del ser.
Subimos a lo alto,
sobre la roca máxima
al final del camino
arriba de la colina.
Y miro al sol,
y a la luna detrás de él,
y a las sonrisas preciosas de los monjes benditos
que me enseñaron a cantar mi felicidad
en una canción de niños,
que me tomaron de la mano
hasta regresar a mi niñez,
a un estado
donde el mundo imaginario e ideal era real.
Porque aquí existe,
arriba de la montaña,
existe
esa sensación de estar vivo,
de estar en paz,
de sentir la vida entrar en el cuerpo
y no de correr por quererla alcanzar.
Después de unas cuantas
mañanas en la montaña,
sonrío como los días
en que las mariposas volaban
y todo era maravilla,
días donde el corazón siempre estaba abierto,
hacia la vida, donde tenía fe
en la alegría, en la felicidad.
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