Lo que revela tan poco tiempo en la vida es tanto;
la inmensidad de un segundo,
la cara del espanto
y volver a creer en almas gemelas.
Esto es lo que existe en el recuerdo de hoy:
La mañana compacta que se acelera
hasta los planes justo a la puesta de sol
cuando escuché una voz, por vez primera.
Los pensamientos corren
pero las emociones no vuelan;
El corazón no se apresura
por enredarse en la ilusión.
Más tarde,
un grito de furia invadió la escena,
tal vez agitado por mi propio rencor.
En pantalla la gente de muerte enloquece
mientras la burocracia expone a los estrategas
de la fallida e injusta invasión.
Y ojalá llegue paz a esas tierras.
Ya de noche muy cerca de la madrugada,
de regreso a casa me tentó un gato
a que iba o no iba a cruzar la calle
y yo acelerando y no acelerando en el carro.
Minutos después veo de rojo el asfalto.
La ambulancia hecha su sombra
como, a su lado, el cuerpo vacío
de un herido. Olvidaron taparlo.
Mi mano esconde el grito en mi boca,
quizá la náusea y la locura que exclama.
A la siguiente cuadra ya rezo por la vida,
quizá ya su vida pasada.
Seguro fue un segundo,
un segundo el que le duró el respiro
y se extinguió, frágil,
la vida incandescente.
Quizá fue mucho para un sólo día,
para que mi mente embarque el proceso
de poder entender imágenes breves,
para que mi alma comprenda que puede arriesgar de nuevo,
para entender lo complicado de los temas bélicos.
Fue mucho,
pero al final del día,
en su mayoría,
todo fue bueno…
relativamente.
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