Tomás

19 10 2007

Tomás vuelve a pensar en ti. Un segundo más a la cuenta del tiempo invertido, perdido, en tu visión. El pasto aún guarda la humedad del sistema de irrigación, o tal vez llovió la noche anterior. ¿Qué importa la causa? El efecto es el mismo. La tierra huele a los días en que, bajo la lluvia, jugaba a besarte. Tomás, confunde la humedad del clima con la que emanan sus pupilas. El mundo y su laberinto de vida es confuso. 

Con cuidado, busca donde descansar. Con cuidado, para no dejar caer su peso encima del lugar donde arrancó una rosa. Una rosa para ti, hoy seca, ¿la habrás quemado ya? Para él no fue tan fácil deshacerse de todo lo que le recordaba a ti. Aunque alguna vez pensó en desgarrarse la piel poco a poco. Tú sabías que él no lo haría. Por eso te largaste sin mirar atrás… fue por eso, ¿Verdad? En la humedad de la tierra Tomás percibe que la respuesta ya no importa. El efecto es el mismo.

¿Puedes oír las gotas resbalándose las unas sobre las otras? ¿Puedes oír la vida fluir? Soy líquido, igual que Tomás. El cielo es una especie de tormenta aplacada, una especie de mar oxigenado, gaseoso. Una nube lleva tu nombre. Tomás lo grita, para sacarlo de adentro y en la punta de la lengua decide conservar su sensación.  Nunca ha sentido tanta verguenza, nunca amar significó la derrota de su intelecto. Amar u olvidar que se ama, que es lo mismo. Para Tomás todo es efímero; él no es inovidable, literalemente hablando.

Descansando sobre la tierra, Tomás comienza a desvanecerse. Se imagina desnudo y luego desligándose del cuerpo, de las ganas y el deseo de verlo envejecer. Tomás ha aprendido a esquivar su pensamiento, a borrarse con el viento. Desapareciendo. Quedan dos rosas infinitas en el espacio vacío que ocupaban sus órganos internos, a la altura de lo que alguna vez fue su pecho. Esas también son de mentira. Todo se desintegra.